martes 15 de septiembre de 2009

Emergencias

Unóspito


Emerge de mis encías

Como cuando me vencías

Razonando los orígenes

De purpúreos aborígenes

Cuando llueve la ciudad se duplica

Reflejo, mi cuerpo te suplica

Y eres dos veces más fuerte

Y mi saliva dos veces más insuficiente

A mi lado podrías encorvarte como serpiente

Ahuyentando cualquier bengala

Diciendo tu recital con balas

Ya sabes, carezco del fulminante decadente






Dosis

Corríjanse las melodías

Silbando como tranvías

Acumulando las anginas

Desorbitando las vaginas

Memorícense las razones

Destrícense, uno a uno, los pezones

Inviértase la espina

Calúmniese la vida,

Explótese la mina

Recrimínese el aspecto

Oféndase al circunspecto

Consígase una botella

Emborráchese.


Cuando amanezca, ocúltese con cobijas

Así confundirá la misión del espía

Que con besos bélicos nos expía

La resaca y las heridas fijas

No olvide lo que alucinó

Escriba lo que vaticinó

Perdónese si asesinó




Trestarudez


Huélase el cuerpo, ha dormido entre pinos

Ha retenido el tiempo

Ha llovido sobre el olimpo

Ha nadado con relámpagos submarinos

En la órbita de una dimensión vinícola

"La diatriba ha solventado sus emergencias, diríjase a pagar con creces lo que antes de entrar aquí debía. Si sus bienes han sido chamuscados con el incendio entregue inmediatamente cualquiera de sus órganos, su lengua está cotizada con los más altos precios del mercado, entréguenosla y váyase en silencio. En la salida hay muchos caminos que el guardia caracterizará según el engaño que usted se merece, intente elegir en el que menos confíe, recuerde que usted vino aquí por sus errores y por su virtud de razonar muy poco. Mientras revuelve o resuelve cualquier cosa que le quede dentro, sírvase nuestros delicioso embutidos enlatados organizados en la alacena al lado de la jaula, sí, desde donde el silba esa mirla. Unte sus ropas con anís para evitar mareos impropios de su comportamiento.

No, no me importa si tiene miedo."




Administración de la Diatriba

Oficinas telequinesis

Cubículo de la derecha

Texto por Santiago Jímenez / Ilustraciones por Jim plukart


Paupérrimo retrato Sylvaner

La tierra jamás ha roto sus promesas. Los encendí luego de que los pájaros estuvieran dormidos. Nubes débiles, saliéndose caprichosas. Las sensaciones prístinas: oleaje frío, esternón contraído, el tiempo arriando camellos, rumbo al cielo. Azabache. Unidos.Estuve buscándote donde no debía, detrás de los minerales, en los robles firmes con sus troncos únicos, raíces múltiples unilaterales. Quizás estás negociando buques hacia mí, remando con esfuerzo por el mar, arrastrando los océanos con las manos. Hasta aquí han llegado tus corrientes, agua que convierte mi calcio en pupilas nuevas.

Ya sé, no quieres enloquecer con el foco de esta ciudad. No eres una sombra que huye de la luz. No eres zozobra de cobras y ápices de caracolas. No pierdes el tiempo en incendiar pájaros. No ríes cuando callas y yo me abrumo cuando me impartes silencio en los labios, caminado por la hielera hasta tu pestaña mínima, desaparecer nuestro ADN, construir infructuosamente la genética de nuestro futuro, pequeño hogar desaparecido, esparcido por el cielo. Todas mis tonalidades se resuelven, con tu fibra veloz, tu cuerda vocal, tu voz, xilema móvil, atravesando mis raíces múltiples unilaterales. Quiero expulsarlos, los gérmenes pálidos de mi cara, de mi gesto. ¿Cuál es el pigmento que colorea las células de votre yeux?





Tus fuerzas Polícromes vencen cualquier licántropo. Puedes reivindicarte, suplicar. Foco discúlpala, esculpe su sombra junto a la mía, compacta tu luz en su nariz y revuelve los reflejos. La noche, espejo Colores mate.
Los encendí luego de que los pájaros estuvieran dormidos, me avergüenzo de su trino alabastrino. Si eres mineral traslúcido, ebúrnea fuerza cabalística que vence a las bilingües, cobras que sisean mi nombre bajo escuálidas esperanzas. Si es un chantaje cocinar, Encuéntrame en la espina de tu relámpago.
Las figuras de las nubes no se hacen con pinceles gigantes, es la punta de tu pie que gira cuando bailas sobre charcos de color.



Mañana nuevos conciertos romperán sus huevos y los pájaros ya no estarán dormidos, cantarán crescendo tus raíces debajo de la superficie, donde no se muere nadie.

Texto por Santiago Jimenez / Ilustraciones por Jim Plukart

Intento 3 (Relato del hombrecito que vomitó al cielo)

Preludio: un hombre maravillado de su propio universo, ve q lo puede vencer y lo traspone comiendose la realidad y vomitando sueños

El hombrecito vomitó sin parar, su cuerpo parecía como un castillo de cristal que por fin había dejado al descubierto las entrañas que enrredadas entre si, atoraban un inconveniente.




El le dijo a su madre descompuesto que se había intoxicado con una sobredosis de amor, la madre dibujó en su rostro la peor pesadilla que la muerte pudo haber tenido en su infancia, se clavó en el suelo y grito sin parar, no gritaba nada coherente, solo vociferaba jadeante, solo se distinguían reproches: "Te dije que nunca probaras las drógas estúpido niño"




el hombrecito lloró, mas su llanto no era de dolor, ni de tristeza, el había por fin descansado. Su madre le había dado una salida facilista, dijo que iba a introducir dentro de el un doctor, inmediatamente, el vomitó cesó, pe ro el extrañaba aquel sincero y caudaloso chorro de ideas, quería dormir con el, odiándolo y fantaseando con sus propuestas indecentes.

El diminuto ser que cada vez se hacía más diminuto durmió, durmió, durmió, murió. Lo revivió un beso sobre su ojo izquierdo que erizó cada uno de los dedos de sus píes. Le hizo el amor a la vida y precipitadamente corrió nauseabndo a la cocina a ver a su madre, con una señal de desprecio en sus cejas indicó al indefenso hermoso ser la colina, "sube esas trece escaleras y vomita para abajo, asi no mancharás mi casa". Mientras subía jadeante, la gente del pueblo lo señaló y observo como a un bicho raro, algunos rieron y otros lloraron. Ella le preguntó a su madre: "¿Y quién es el tonto de la colina?"




"Ese es mi hijo" vociferó orgullosa

Ya arriba en lo alto no hubo tiempo siquiera para mirar al sol, tan solo buscaba hacia donde expulsar esa porquería que le habían dicho que tenía dentro. Miro al suelo y le parecio aburrido, y como un lobo ahuya al cielo, el hombrecito vomitó al cielo. Nadie lo podía creer. "Que inconciente y estúpido es alguien quien vomita al cielo para que le caiga encima" dijeron por allí.

El sol muerto de risa asistió a su propio funeral y la luna desconsolada lloró por que sus estrellas se habían ido a perseguir sus sueños, sin palabras el árbol siguió su agitado camino.

Vomitó, vomitó y vomitó sin cesar, y aún no cesa. Aún hay magia en este mundo gracias a el, el reinventó el universo y destruyó la paz, el amó. Te amo. el vivió y murió con la vida en su pecho, las palomas lo regresaron a su cama donde inocente de nuevo se intoxicó de amor, pero esta vez murió, pues conoció a una mujer que decían que tenía ojos que mataba, es mas, el pequeñin solía decir, "me mató", era sincero el muñeco. Era grande el pequeño.
Quizás y solo nos baste con aprender a vomitar nuestros sueños a un lugar diferente al suelo.
















Vomiten y no se curen nunca, porfavor.

Texto por Santiago Jimenez / Ilustraciones por Jim Plukart

Rayito1

Era un gallo degollado quién levantaba a rayito1 ó a veces el mismo hacia el papel del gallito. Rayito1 se miraba al espejo, parecía el prototipo de niño ñoño e intelectual al cual nadie respeta, tímido e inerte en al aula de clase. Después de alistarse para ir al colegio, se dirige hacía el lugar donde obligado, aprende cosas que nunca querrá aprender. Solo hacer el conejito.

El no atraviesa las calles caminando, las flota, levita sobre ellas, sin siquiera darse cuenta de que lo hace, pareciera que se desdoblara cuando lo hace. No sabe en que instante llega a su pequeño colegio, un circo para loquitos. En un aparente minuto llega a su destino.



Se sienta en su asiento tradicional, mira su entorno : Un salón medio oscuro, con carteles de manos de niños de su misma edad pintados y pegados en cartulinas blancas, muchos colores vivos, azul, rojo, amarillo, verde ; mariposas disecadas y por qué no, ¿mantis religiosas?; 21 mesas grandes rectangulares las cuales no todas estaban ocupadas, también un tablero verde opaco, 6 niños y 3 niñas gritando, creando un aparente desorden según la profesora. El séptimo niño, Rayito1, se encontraba sentado, esperando tan solo una cosa : irse lo más pronto de ese cirquito.



El septimo niño, siempre estaba atento – bueno, eso aparentaba- pero en realidad, miraba y prestaba atención, pero tan solo estaba ahí para su profesora, aunque ella nunca lo supiera. El no aprendía de ella, el tan solo la miraba, la observaba, detallaba cada movimiento que hacía, como sus delgadas gafas y su corto cabello se balanceaban junto al viento que movía su blanca bata (uff, ¿quién dijo cliché?). Seguía y seguía mirándola todos los 5 días de la semana los cuales el iba al pequeño colegio. El no estaba en su pequeña sillita, el estaba en otro lugar, quién sabe en donde, con su profesora. Ella tenía un aire muy amistoso, alegre, una sonrisa sincera de cómo quién en realidad le gusta lo que hace, de quién agradece a Dios por su familia y su trabajo, en fin; de esas personas que disfrutan el día a día, y que llegan a su casa a contar su día a su madre, a su mascota ó a su diario ó tal vez lo escriben, como acá el presente, que intenta escribir un cuento multivitamínico llamado Rayito1. No se menciona a un esposo, novio ó amante para la profesora; no queremos herir a Rayito1. Si lo tiene, nadie lo sabrá; menos nuestro séptimo amiguito.



Una vez, en clase, el ausente Rayito1, se encontraba, digo, no estaba, bueno, uds saben a qué me refiero : estaba en un mundo paralelo con su profesora, mirándola a sus ojos, flotando alrededor de ella a la distancia. El caso, estaba aparentemente en clase ( pues podíamos observar un niño sentado en una sillita) y cuando de repente, Ella, como dicen por ahí “ lo baja de la nube” y lo hace aterrizar con la siguiente frase “ Bueno niños, quítenle los cordones a sus zapatos y los zapatos y pónganlos sobre sus pupitres”.

Rayito1, silenciosamente hace caso, aunque no tenga ni idea por que está haciendo lo que está haciendo. Lentamente, desamarra y quita sus cordones negros de sus pequeños zapatos cafés y los pone delicadamente en su mesita rectangular, los cordones junto a los zapatos. En silencio, de nuevo, espera las órdenes a seguir de su admirada mujer. “ Ahora, nos vamos a poner de nuevo los zapatos y amarrarlos como nos han enseñado en nuestras casas, ¿bueno? Yo paso uno por uno a revisar si estan bien amarraditos” .Caos, nervios, angustía, inseguridad, temor, sudor frío, ganas de llorar : se derrumbó el mundo de Rayito1. El, hasta ahora no sabía amarrarse los zapatos y su hermosa maestra íria pronto a confirmar el hecho. El chiquillo no sabía que hacer, mientras todos los niños y niñas del salón, lo hacían correctamente; el, sentado atrás y solo, nervioso y sudando frio, movía sus manos torpemente, como quién cree que está haciendo algo bien, pero en realidad no lo está haciendo del todo bien por el temor que lo domina en ese momento. Cordones enredados, un poco despeinados y mal puestos en los zapatos y obviamente, sin amarrar fueron el resultado. Se acabó el tiempo. Llegó Ella y mira la pesadilla viviente que era para Rayito1 : sus pequeños cordones enredados, más no puestos en los zapatos. Ella sonríe mientras el se encuentra con la cabeza en el pupitre rectangular llorando, triste, resignado y apenado. Ella levanta su cabecita y le dice que no se preocupe, le enseña como hacerlo, pero el, de nuevo, despega a la velocidad de la luz a su mundo paralelo; donde ella, está más cerca que nunca. Mientras tanto, en el salón ella le explica como atar sus zapatitos, pero el simplemente no la oye, solo oye pocas palabras y alguna que otra sílaba que logra coger. La maestra se vá con una sonrisa, sabiendo que el no estaba prestando atención.




“Conejito” fue la única palabra que se quedó en la cabeza de Rayito1 despúes del discurso del método de cómo amarrar los cordones de los zapatos según mi maestra.

De repente, aterriza de nuevo al circo, no hay nadie en el salón. Han pasado 45 minutos después de su último despegue. Se siente tonto, pero no se siente del todo mal. Se alegra del hecho que nadie ha interrumpido su estado paralelo. Se levanta de su sillita, observa el lugar donde la profesora suele estar, palpa delicadamente el lugar donde ella pone sus libros, en silencio, todo en silencio. Otra interrumpción : Una señora del aseo le pregunta bruscamente “ ¿ud qué hace acá? Ya timbraron, las clases se acabaron hace rato, sálga que voy a barrer! . Rayito1 deja el circo.

¿Conejito? ¿Por qué un conejito? ¿Qué tiene que ver un conejo con los cordones de mis zapatos, piensa rayito1?. Mientras camina y flota de vez en cuando, de vuelta para su casa.



Pasan los días y los mundos paralelos cada vez disminuyen por la pena de que su amada ha presenciado el fracaso de rayito1. Ya no viaja paralelamente, ya solo se resigna a la pena y a los pensamientos tales como “ pensará que soy un pobre bobo, que soy tan solo un niño mimado que le hacen todo, al cual incluso le amarran los zapatos” . Silencio. Resignación.

Era día de las brujas, era de noche y rayito1 no salía a pedir dulces, pero de alguna u otra forma llegaban a él toneladas de empalagosos caramelos. Se encontraba mirando la macabra sonrisa y las texturas de una calabaza de juguete barato -donde los grandes echan a los pequeñuelos los dulces- bajo un farol de esos que el solía romper jugando fútbol o rin- rin-corre- corre, tropezándose torpemente. De repente, su madre lo llama y le dice “ al teléfono, rayito1” y trae el teléfono inalámbrico y se lo dá en las pequeñas manos a rayito1. ¿Para moi? Quién podrá ser? Nunca he recibido una llamada telefónica, a menos de que fuera mi abuelita para felicitarme el día de mi cumpleaños.¿Quién? – piensa Rayito1.

¿Aló? Dice tímidamente e inseguramente rayito1.
-“Conejito” le responde alguien al otro lado del teléfono.
-¿Cómo? Responde Rayito 1.
Mira, coges los cordones, sueltos, levantas los dos extremos, los cruzas, aprietas un poco, haces una orejita de conejito con el cordón derecho, luego con el izquierdo lo pasas por encima de la orejita que acabas de hacer y ahora por debajo sacas ese mismo y haces otra orejita y listo : un conejito. Así amarras tus zapatos, rayito1, no tienes por que estar triste, ¿vale?




Rayito se queda en silencio. No sabe que hacer y su mamá sabe lo que le están comunicando a través del teléfono. Su mamá le desamarra sus cordones y rayito1, con la bella profesora, al otro lado del inalámbrico, logra su cometido: crear un conejito de dos orejas en sus pies. Sonrie y le da las gracias tímidamente a su maestra que recordó el hecho, que para el fue lo más vergonzoso que había hecho hasta la época.
- De nada, rayito1. Que comas muchos dulcecitos, pero no tantos, ¿Eh? Jaja. ¡Adiós! – dijo la bella al otro lado.
Confundido pero más que todo, con una sonrisa de oreja a oreja que no puede disimular aunque lo intente, rayito1 ahora tiene dos nuevos amiguitos en sus pies, dos conejitos que su amada le ayudó a que nacieran.



Ahora, rayito1 ya no camina de vuelta al pequeño circo, flota permanentemente y espera a sentarse en un mundo paralelo permanente a observar como ella, ahora responde sus tímidas miradas con una sonrisa de vuelta. El le agradece mentalmente sabiendo que ella lee sus pensamientos de agradecimiento y ella le responde mentalmente “No tienes por que agradecer”.

¡Despega, rayito1, despega de nuevo para nunca aterrizar!




Texto e Ilustraciones por Jim Plukart

miércoles 26 de agosto de 2009

Haz de polvos amarillos

Atravesándose, un espejismo de gargajos verdes y un crujido cristalino, bajo el régimen absoluto de la estrella más famosa. Hacía calor en mediodía y todos estábamos sudados.
Ese incómodo procedimiento siderúrgico hizo que me fuera de allí, ojos magnetizados por el centro del abismo, manos amarradas al yugo y desaparecí. Había que encaramarse por encima de la puerta, pues abrirla se hacía más difícil con la benevolencia del óxido marino. Había un rocío a las diez de la mañana que a todos los mojaba, los intoxicaba la baba de crustáceo y la penitencia de girar hacia dentro, como arremolinándose mareas y culpas hacia donde empiezan los brazos en el cuerpo. Mi articulación está rota, pues tiene engranes débiles, un tendón desnutrido que ceder. ¿Quién quiere ser tan fuerte como para ser el único capaz de destrozarse?
El ronquido de la máquina siempre trae violencias cómodas a mi espalda, el grumo se relaja y el rostro se configura para condensar esos fríos mentales gaseosos en un rígido y abrupto rostro impenetrable. La sonrisa alcanza los peores antros de la malicia cuando tiembla el futuro y se puede adivinar. Caracoles, quién deduce el afán de los caracoles.



Quién le rasca la espalda a los maricas, ¿quién lo vio subirse? El copiloto tiene la piel al revés, prefiere la conclusión que el orgasmo. Él dice que en esta ciudad hay un fantasma intermitente que pellizca con la distorsión de madrugada.



El nuevo sentido: el regalo a mis enamoradas tiene la hierba sensible, puede caerse con una mentira detrás del escondite de los besos, con los temblores más fríos y las caídas más lentas. La peste de murciélago, bandido de las preguntas, germen místico, palabra o halago, o egofonía, ahora sí quiero de esa comida servida sobre la mesa sucia pero reluciente de donde escapé. Mi apetito era como un niño nuevo y tantos ojos lo acongojaron. Quiero que me diga para donde vamos o me deje solo para masturbarme. Bueno, vamos entonces a esa ciénaga a reventar gallinas con el pensamiento, a vaciarles las mollejas porque estamos aburridos.



Antes de la ciénaga, al margen de la carretera, vimos en el arenal de tierras amarillas a un buldózer encadenado a una estaca y por la boca se le escurría la saliva y tenía los músculos muy grandes y sudaba, porque era mediodía y el rocío ya había sido hace rato y había una avestruz gris que lo iba a picotear, que no metía la cabeza en la tierra, porque era amarilla, bajamos la velocidad y la abominación le mordió las alas, seguimos hasta la ciénaga porque había salido mucha sangre del cuerpo incómodo del ave, de zancas impresionantes, calva y parda, de ojos pequeños, como la mitad de un huevo de gallina sobreviviente al fusilamiento telepático de la ciénaga. Y la avestruz era bella, porque caminaba estúpida alrededor del perro, con sus piernas impresionantes, haciendo nubes en la tierra amarilla, bajo la estrella más famosa, calentándose sus desnudas plantas, qué genio habrá inventado las medias y los zapatos y la telepatía. Giré el volante porque el avestruz no sanaba, ni en mi cuerpo ni en el suyo.



Esta vez con lesiones más graves en el tiempo, aparcamos y apagamos, se detuvo el ronquido y el mamífero temblaba de furia con la imagen del ave que caminaba herida y libre. ¿Por qué estaba encadenado el perro? Ya no salía sangre y parecía ser un cuerpo fuerte el que atendía las urgencias de la herida, subimos otra vez, por encima otra vez y lo hice roncar, un relincho de caballo metálico envolvió el auto en un meteorito afanado hacia la ciénaga y vimos hacia atrás como el prisionero clavaba sus dientes babosos en la espalda suave y como gritaba inmóvil, el día, el espejismo de gargajos verdes. No regresamos esta vez, tenían que matarse y abastecerse. Ya en la ciénaga el copiloto llevaba un número mucho mayor de gallinas muertas, es que estaba distraído, el buldózer debía estar arrastrando el cadáver hasta su estaca y satisfecho, dejaría el cuerpo a la rapiña y estas aves pequeñas graznarían porque están comiéndose a la de los huevos más grandes, quería devolverme y este mozalbete sí está haciendo lo que se hace en la ciénaga, explotar las gallinas con el pensamiento, devolvámonos, pronto, hay un avestruz despavorida, haciéndose idéntica a su calavera, explotémoslo, al buldózer.



Atravesados, como gargajos verdes en el sol, rápido llegábamos al círculo antes de la ciénaga, de tierra amarilla, en un espejismo de gargajos verdes, el copiloto mudo y yo, estábamos sudados, bajo la estrella más famosa que calentaba lo sesos polvorientos en el cráneo del buldózer, que una avestruz picoteaba.




Texto por Santiago Jímenez / Ilustraciones por Jim Plukart