Era un gallo degollado quién levantaba a rayito1 ó a veces el mismo hacia el papel del gallito. Rayito1 se miraba al espejo, parecía el prototipo de niño ñoño e intelectual al cual nadie respeta, tímido e inerte en al aula de clase. Después de alistarse para ir al colegio, se dirige hacía el lugar donde obligado, aprende cosas que nunca querrá aprender. Solo hacer el conejito.
El no atraviesa las calles caminando, las flota, levita sobre ellas, sin siquiera darse cuenta de que lo hace, pareciera que se desdoblara cuando lo hace. No sabe en que instante llega a su pequeño colegio, un circo para loquitos. En un aparente minuto llega a su destino.

Se sienta en su asiento tradicional, mira su entorno : Un salón medio oscuro, con carteles de manos de niños de su misma edad pintados y pegados en cartulinas blancas, muchos colores vivos, azul, rojo, amarillo, verde ; mariposas disecadas y por qué no, ¿mantis religiosas?; 21 mesas grandes rectangulares las cuales no todas estaban ocupadas, también un tablero verde opaco, 6 niños y 3 niñas gritando, creando un aparente desorden según la profesora. El séptimo niño, Rayito1, se encontraba sentado, esperando tan solo una cosa : irse lo más pronto de ese cirquito.

El septimo niño, siempre estaba atento – bueno, eso aparentaba- pero en realidad, miraba y prestaba atención, pero tan solo estaba ahí para su profesora, aunque ella nunca lo supiera. El no aprendía de ella, el tan solo la miraba, la observaba, detallaba cada movimiento que hacía, como sus delgadas gafas y su corto cabello se balanceaban junto al viento que movía su blanca bata (uff, ¿quién dijo cliché?). Seguía y seguía mirándola todos los 5 días de la semana los cuales el iba al pequeño colegio. El no estaba en su pequeña sillita, el estaba en otro lugar, quién sabe en donde, con su profesora. Ella tenía un aire muy amistoso, alegre, una sonrisa sincera de cómo quién en realidad le gusta lo que hace, de quién agradece a Dios por su familia y su trabajo, en fin; de esas personas que disfrutan el día a día, y que llegan a su casa a contar su día a su madre, a su mascota ó a su diario ó tal vez lo escriben, como acá el presente, que intenta escribir un cuento multivitamínico llamado Rayito1. No se menciona a un esposo, novio ó amante para la profesora; no queremos herir a Rayito1. Si lo tiene, nadie lo sabrá; menos nuestro séptimo amiguito.

Una vez, en clase, el ausente Rayito1, se encontraba, digo, no estaba, bueno, uds saben a qué me refiero : estaba en un mundo paralelo con su profesora, mirándola a sus ojos, flotando alrededor de ella a la distancia. El caso, estaba aparentemente en clase ( pues podíamos observar un niño sentado en una sillita) y cuando de repente, Ella, como dicen por ahí “ lo baja de la nube” y lo hace aterrizar con la siguiente frase “ Bueno niños, quítenle los cordones a sus zapatos y los zapatos y pónganlos sobre sus pupitres”.
Rayito1, silenciosamente hace caso, aunque no tenga ni idea por que está haciendo lo que está haciendo. Lentamente, desamarra y quita sus cordones negros de sus pequeños zapatos cafés y los pone delicadamente en su mesita rectangular, los cordones junto a los zapatos. En silencio, de nuevo, espera las órdenes a seguir de su admirada mujer. “ Ahora, nos vamos a poner de nuevo los zapatos y amarrarlos como nos han enseñado en nuestras casas, ¿bueno? Yo paso uno por uno a revisar si estan bien amarraditos” .Caos, nervios, angustía, inseguridad, temor, sudor frío, ganas de llorar : se derrumbó el mundo de Rayito1. El, hasta ahora no sabía amarrarse los zapatos y su hermosa maestra íria pronto a confirmar el hecho. El chiquillo no sabía que hacer, mientras todos los niños y niñas del salón, lo hacían correctamente; el, sentado atrás y solo, nervioso y sudando frio, movía sus manos torpemente, como quién cree que está haciendo algo bien, pero en realidad no lo está haciendo del todo bien por el temor que lo domina en ese momento. Cordones enredados, un poco despeinados y mal puestos en los zapatos y obviamente, sin amarrar fueron el resultado. Se acabó el tiempo. Llegó Ella y mira la pesadilla viviente que era para Rayito1 : sus pequeños cordones enredados, más no puestos en los zapatos. Ella sonríe mientras el se encuentra con la cabeza en el pupitre rectangular llorando, triste, resignado y apenado. Ella levanta su cabecita y le dice que no se preocupe, le enseña como hacerlo, pero el, de nuevo, despega a la velocidad de la luz a su mundo paralelo; donde ella, está más cerca que nunca. Mientras tanto, en el salón ella le explica como atar sus zapatitos, pero el simplemente no la oye, solo oye pocas palabras y alguna que otra sílaba que logra coger. La maestra se vá con una sonrisa, sabiendo que el no estaba prestando atención.

“Conejito” fue la única palabra que se quedó en la cabeza de Rayito1 despúes del discurso del método de cómo amarrar los cordones de los zapatos según mi maestra.
De repente, aterriza de nuevo al circo, no hay nadie en el salón. Han pasado 45 minutos después de su último despegue. Se siente tonto, pero no se siente del todo mal. Se alegra del hecho que nadie ha interrumpido su estado paralelo. Se levanta de su sillita, observa el lugar donde la profesora suele estar, palpa delicadamente el lugar donde ella pone sus libros, en silencio, todo en silencio. Otra interrumpción : Una señora del aseo le pregunta bruscamente “ ¿ud qué hace acá? Ya timbraron, las clases se acabaron hace rato, sálga que voy a barrer! . Rayito1 deja el circo.
¿Conejito? ¿Por qué un conejito? ¿Qué tiene que ver un conejo con los cordones de mis zapatos, piensa rayito1?. Mientras camina y flota de vez en cuando, de vuelta para su casa.

Pasan los días y los mundos paralelos cada vez disminuyen por la pena de que su amada ha presenciado el fracaso de rayito1. Ya no viaja paralelamente, ya solo se resigna a la pena y a los pensamientos tales como “ pensará que soy un pobre bobo, que soy tan solo un niño mimado que le hacen todo, al cual incluso le amarran los zapatos” . Silencio. Resignación.
Era día de las brujas, era de noche y rayito1 no salía a pedir dulces, pero de alguna u otra forma llegaban a él toneladas de empalagosos caramelos. Se encontraba mirando la macabra sonrisa y las texturas de una calabaza de juguete barato -donde los grandes echan a los pequeñuelos los dulces- bajo un farol de esos que el solía romper jugando fútbol o rin- rin-corre- corre, tropezándose torpemente. De repente, su madre lo llama y le dice “ al teléfono, rayito1” y trae el teléfono inalámbrico y se lo dá en las pequeñas manos a rayito1. ¿Para moi? Quién podrá ser? Nunca he recibido una llamada telefónica, a menos de que fuera mi abuelita para felicitarme el día de mi cumpleaños.¿Quién? – piensa Rayito1.
¿Aló? Dice tímidamente e inseguramente rayito1.
-“Conejito” le responde alguien al otro lado del teléfono.
-¿Cómo? Responde Rayito 1.
Mira, coges los cordones, sueltos, levantas los dos extremos, los cruzas, aprietas un poco, haces una orejita de conejito con el cordón derecho, luego con el izquierdo lo pasas por encima de la orejita que acabas de hacer y ahora por debajo sacas ese mismo y haces otra orejita y listo : un conejito. Así amarras tus zapatos, rayito1, no tienes por que estar triste, ¿vale?

Rayito se queda en silencio. No sabe que hacer y su mamá sabe lo que le están comunicando a través del teléfono. Su mamá le desamarra sus cordones y rayito1, con la bella profesora, al otro lado del inalámbrico, logra su cometido: crear un conejito de dos orejas en sus pies. Sonrie y le da las gracias tímidamente a su maestra que recordó el hecho, que para el fue lo más vergonzoso que había hecho hasta la época.
- De nada, rayito1. Que comas muchos dulcecitos, pero no tantos, ¿Eh? Jaja. ¡Adiós! – dijo la bella al otro lado.
Confundido pero más que todo, con una sonrisa de oreja a oreja que no puede disimular aunque lo intente, rayito1 ahora tiene dos nuevos amiguitos en sus pies, dos conejitos que su amada le ayudó a que nacieran.

Ahora, rayito1 ya no camina de vuelta al pequeño circo, flota permanentemente y espera a sentarse en un mundo paralelo permanente a observar como ella, ahora responde sus tímidas miradas con una sonrisa de vuelta. El le agradece mentalmente sabiendo que ella lee sus pensamientos de agradecimiento y ella le responde mentalmente “No tienes por que agradecer”.
¡Despega, rayito1, despega de nuevo para nunca aterrizar!
Texto e Ilustraciones por Jim Plukart